TAUROMAQUIA. Alcalino.- Pablo Aguado: las claves de una revelación

TAUROMAQUIA. Alcalino.- Pablo Aguado: las claves de una revelación

Por: Carlos Horacio Reyes Ibarra

La irrupción de Pablo Aguado ha producido en la Fiesta una pequeña revolución que merece ser analizada. No es sólo el original sentido estético del no tan joven espada (28 años); es, por encima de lo externo, su llamada de atención sobre el proceso evolutivo del toreo hacia una tecnificación cuasi gimnástica, en oposición a la fascinante naturalidad de que hace gala este sevillano al mover, acompasadamente y sin brusquedades, los engaños y el cuerpo, en una época caracterizada por un mando sobre las embestidas basado en lo que se ha dado en llamar “toques” –golpes de muñeca más o menos evidentes desde el inicio y en el transcurso del muletazo–, a los que se suman, al rematar una tanda, esas salidas de la cara del toro bizarramente desafiantes –una especie de ostentoso “ahí queda eso…”—que hoy día no se ahorra prácticamente ningún diestro, matadoras incluidas.

Por el contrario, Aguado no se viste de torero para adoptar poses aparatosas o supremacistas, su búsqueda consiste en ir acoplando al toro a ese ritmo interior tan suyo. Es esto lo que lo hace diferente y lo que está impactando en los tendidos. Seguramente porque en eso consiste el arte verdadero, siempre más difícil de lograrse que de fingirse.

Pero hay, en el caso particular de este artista singular, un dato netamente técnico que interpela a la tauromaquia actual desde un punto de fuga inesperado: el alejamiento del sentido progresista del arte para privilegiar una especie de rebelión renacentista, por decirlo de alguna manera. Tal vez por eso, alguien que era prácticamente nadie hasta hace un par de meses representa hoy misma la mayor esperanza de regeneración de la fiesta.  

Apelando a la memoria. Para mejor explicar la cuestión debo centrarme en el tema del toque. Creo que quien empezó a hacerlo notorio fue Manuel Benítez “El Cordobés” con aquella rotación suya de la muñeca al torear en redondo, más visible e imperiosa que la de los demás. Y si bien es cierto que al cuajar Benítez en figura mucho se ponderó su peculiar muñecazo, del toque propiamente dicho sólo empezó a hablarse formalmente, a nivel de ruedo y desde la prensa, hacia los años ochenta del siglo XX. Hoy, conforme nos adentramos en el XXI, puede afirmarse que todos los toreros aplican el toque, unos de manera ostensiva y otros más sutilmente. Pablo Aguado, sin embargo, hace girar sus muñecas de otra manera –véanse sus cambios de muleta por delante, al pasarla de la mano derecha a la zurda a la manera de Fermín Armilla, Joselito El Gallo o Rodolfo Gaona, tanta y tan larga solera emana dicho lance–; y para embarcar y conducir la embestida muestra plano el engaño, prescinde del toque y templa con todo el cuerpo, sin contorsiones histriónicas, simplemente acompañando y redondeando el viaje del toro con absoluta naturalidad. Tal su sistema, su modo personal con capa y muleta, del que sólo se aparta en situaciones de emergencia –por ejemplo, en su segunda tarde de San Isidro, al toro de la cornada, hubo un momento en que adelantó levemente el trazo de un pase de pecho y tuvo que corregir sobre la marcha, ahí sí, mediante un toque, leve pero evidente–. Por lo demás, tanto en sus verónicas de recibo como su peculiar chicuelina y en su media verónica, lo que prima es la sencillez sin el menor afán de espectacularidad. Algo que no parece de este siglo y que no lo es en realidad, pues retrotrae la memoria más de 50 años –a Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida, o entre nosotros a Juanito Silveti y Alfredo Leal–; en realidad todos los toreros de entonces, innominados o famosos muleteaban sin apenas toques, dejando deslizarse unos engaños de tela feble y sin apresto –como los de Pablo Aguado–, más pequeños y ligeros también que los que hoy se acostumbran.

Ilustrativa plática. Un día, no hace mucho, conversando con el matador Raúl García –aquel excelente torero regiomontano–, me señalaba que sus contemporáneos “no adelantábamos la muleta como dicen ahora que debe hacerse… a nosotros nos enseñaron a recibir al toro con la muleta más atrasada y bien plana, excepto con animales de sentido, a los que para poderles había que tocarles los lados… Y de ahí, el pase procurábamos sacarlo con el mayor temple posible”. Y déjenme decirles que entre las faenas buenas de esa época están varias de las más limpias y templadas que recuerdo, incluida por supuesto la de Raúl al indultado “Comanche” de Santo Domingo (31.01.65). Aunque debe también señalarse que había diestros –incluso figuras de prosapia— que solían presentar la muleta oblicua hacia el pitón contrario y embarcar con el pico.

Con ustedes, Pablo Aguado. ¿Qué quiero decir con esto? Nada que vaya en demérito del proceso evolutivo de la técnica taurina: simplemente que una de las claves que explican la singularidad de Pablo Aguado y el asombro que su toreo está provocando es precisamente esa vuelta a la naturalidad de antaño, en una época en que el toro ha crecido –los hay, en España desde luego, cuyas cabezas materialmente no caben en la muleta—, y los públicos se han habituados a ver y aceptar procedimientos distintos de aquellos, independientemente de la calidad del toreo ofrecido. El de Pablo Aguado se inscribe en la cepa más pura del arte y lo sustenta un inconfundible sello personal.  He aquí las claves definitivas e irrefutables de su estilo y de su impacto. Aunque con tales procedimientos arriesgue más y seguramente cuaje menos toros que colegas suyos más avispados.

No importa. Él ha optado por la persuasión sobre la obligación, fiel a su idiosincrasia y a su espíritu. Y el toreo –si seguimos a Belmonte—es esencialmente una fuerza del espíritu.  

Triunfan en Pamplona San Román y Luis David. De entrada –viernes 5—, sonora campanada por cuenta del novillero queretano Diego San Román a favor de la clase y alegría de un ejemplar de El Pincha premiado con la vuelta al ruedo póstuma. Y le bordó el paisano un auténtico faenón, a rastras siempre el engaño –el burel humillaba y repetía de fábula—y con un temple inalterable, soberbio. Tenía Diego fama de valiente –refrendada en San Isidro ante galafates de escalofriante peligrosidad–, pero en los sanfermines  ha demostrado un gusto y un sentido del buen toreo sobresalientes. Sus tandas, de siete u ocho pases perfectamente redondeados iban invariablemente a más –sobresalió una, lenta y larguísima, por naturales–, y su quietud y disposición terminaron por volver locos a los pamplonicas, que exigieron para él las dos orejas tal vez mejor ganadas de un  ciclo sanferminero que, antes de los cuvillos, no estaba resultando precisamente brillante.

El sábado, Luis David desorejó a su primero de La Palmosilla para firmar un debut de rechupete. Bueno el toro y mejor el torero, que todo lo hizo bien, con lucidez y gusto. Además, resolvió con suficiencia torera los muchos problemas que le planteó el quinto de una corrida nada fácil, según pueden dar fe sus alternantes José Garrido y Javier Marín.

Cuatro orejas a Cayetano. Semejante fenómeno no se veía desde los tiempos de Jesulín de Ubrique y otros favoritos de las peñas. Y Cayetano lo consiguió con un toreo diametralmente opuesto. Lo ayudó un lote soñado de Núñez del Cuvillo y su mortífera espada. Toreo sin ceñimiento el suyo pero de muy buen compás, en una tarde en que Ferrera apeló a su versión de simple relumbrón, y Perera cuajó un par de faenas templadas y macizas, demeritadas a la hora de la verdad. Tanto él como Ferrera pasearon una oreja. Encierro el de Cuvillo ideal para el toreo, y Cayetano por la puerta grande.

Antes, lo más notable había sido la faena de El Juli al quinto de Victoriano del Río –jueves 11–, propia de un torero plenamente maduro y dueño de la escena. El descabello le arrebató la segunda oreja, en tarde opaca de Aguado, cuya naturalidad les dijo poco a los expansivos peñistas. Ferrera, el más favorecido en el sorteo, dio una vuelta al ruedo.

El miércoles 10, apéndice de un jandilla para Castella, y otra la víspera, de uno de Escolar, para Javier Castaño, excelente con los aceros.  El martes, torrencial aguacero que obligó a suspender la de Cebada Gago. A la muy módica concesión de apéndices ha contribuido también reiteradas fallas al descabellar, que dejaron en suspenso buenas faenas de Urdiales y Roca Rey –cuyo  esguince de hombro trajo su sustitución por Cayetano—y Emilio de Justo. Está, además, la vuelta que se autorrecetó López Simón.

Rafelillo, grave. Los sanfermines tuvieron ayer un cierre trágico porque el cuarto de Miura lanzó a Rafaelillo contra las tablas y allí le perforó el tórax con una cornada que pudo ser mortal y, por suerte, quedó en grave. Durísimo y descaradamente armado el enorme encierro miureño que clausuró la feria más internacional de la tauromaquia. Es un caso este Rafaelillo, confinado por el empresariado a los toracos más indeseables,  especialista en miuras tal vez a su pesar y normalmente indemne en las peores situaciones. Pero tanto va el cubo al pozo…

Dado lo inhóspito y aleve del encierro miureño bastante hicieron con quitárselo de delante Octavio Chacón y el francés Juan Leal, que incluso dio una vuelta al ruedo.

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