En tardes como la de hoy sobra hasta el Concha Flamenca… ¡qué forma de mecer un trapo entre la lluvia! ¡Qué forma de morirse en el trazo, qué magia en el viaje, qué pureza en la proposición, qué compás en la ejecución y qué brillo en el conjunto!

Hizo Ferrera del toreo esta tarde el ejercicio espiritual que Belmonte predicó. Fue todo un compendio del concepto al que hoy no está acostumbrado el público que hoy no llenó la plaza y que en la labor didáctica del aficionado –que fue el que acudió- recae narrar lo que allí pasó. Un conjunto que el público que ve dos corridas al año no está acostumbrado a entender. Un toreo de otro siglo que no cabe en el actual más que para aquellos que saben paladear… porque si cupiese, hoy la plaza hubiese estado a reventar. Y es de tío grande defender esa verdad en tus formas –incluso sacrificando tu personalidad banderillera por ella- para sentir el toreo aunque éste no salga rentable en tardes así.

¡Y qué bravura en el de Victoriano¡ Fue el toro que emocionó a la plaza y a un palco a la deriva que también hoy acertó, pero a medias. Porque tuvieron que regresar los caballos de la huerta valenciana por marrar de nuevo al sacar el pañuelo. Y fue Antonio Ferrera el nombre final de una Feria en la que la disparidad en la presencia de unos encierros de baja presencia y la variedad en unas corridas en las que han sobresalido toros sueltos dieron la nota.

Tuvo “Jarretero” las virtudes de la humillación enclasada y la nobleza brava del que no se cansó hasta el final. Ya le pegó hasta cuatro varas María González, que lo agarró de forma genial en todo el sitio y sin necesidad de rectificar, sacándolo el propio Ferrera por chicuelinas. La casta se hizo presente y, sumada a las virtudes que tuvo el bravo, fue el compendio que enamoró a Valencia. Cadencia y despaciosidad a sones de La Concha Flamenca, en un final ya en cercanías ante el fuelle a menos pero con calidad del astado madrileño. Creando, sintiendo, soñando con máxima personalidad en una faena de toreo añejo. Magia en los ayudados por alto tuvo el trasteo del extremeño, especialmente en un remate por bajo con sabor, inspiración y arte. Y la maldita espada.

En la tarde, poco le importó el barrizal a un Jesús Enrique Colombo con hambre de hacerse rico en esto, pero con las urgencias de quien quiere serlo ya mismo. Y tiene urgencias porque ha visto en su cara cómo no le han llamado las Ferias que en el 17 reventó como novillero… y debe joder dar la cara y que luego no te llamen. Por eso hoy dijo cómo quería conseguir su sueño en Valencia a base de entregarse, de interpretar su concepto en ese tercero, de repetirle el engaño al de Victoriano y de –tras la soberana paliza en banderillas- ponerse donde queman los pies para pasear el justo premio. No lo pudo cortar en un sexto que, en medio del barrizal, el presidente se negó a conceder. Lástima para el que volvía después de ver el gemelo partido en octubre antes de la alternativa.

Hambre pero ya más sosegada por su situación mostró Ginés Marín ante el segundo, un “Casero” con el que ya dejó impreso el garbo en el remate con la media y la larga de saludo inicial. Fue encontrando el toreo Marín a un animal que mantuvo la duración y al que exprimió por ambas manos. Por la derecha puso corazón a lo que hacía, para llegar al espectador especialmente en los remates y en los cambios de mano. Por bernadinas fue el final de trasteo, en una mescolanza de variedad y torería. Entre el barro del quinto se diluyó su proposición plena de verdad.

Hoy sobró hasta el Concha Flamenca porque el toreo callado de Antonio Ferrera puso el broche a las Fallas. Un cierre sin público pero con aficionados, aquellos que supieron captar en la pasada campaña el concepto de un torero para el que no está acostumbrado el sistema actual.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Valencia. Última de la Feria de Fallas. Corrida de toros. Un tercio de entrada.

Seis toros de Victoriano del Río, el cuarto de vuelta al ruedo en el arrastre.

Antonio Ferrera, silencio y vuelta.

Ginés Marín, ovación y ovación.

Jesús Enrique Colombo, oreja y ovación.

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