POR: CARLOS CRIVELL

Lo dijo bien Alberto García Reyes en varias ocasiones. «Este es un encuentro histórico por los personajes que se han citado esta noche: Curro Romero y Rafael de Paula«. Sucedió en el centro de Sevilla, Caja Rural del Sur, en la tarde del martes con una inusitada expectación. Al reclamo de la presentación de un libro, Torerías y Diabluras, escrito por Jesús Soto de Paula, el hijo de Rafael, asistieron aficionados, toreros y público en general. Y todo fue una cascada de sentimientos desatados, episodios inolvidables, gestos y detalles que pellizcaron lo más íntimo de los presentes, dentro de un acto que quiso ser ordenado pero que fue, como todo lo bueno, una catarata de emociones sin control.

Alberto García Reyes presentó el acto y leyó el prólogo escrito por Curro. Como buen conocedor de los misterios del flamenco habló de «una reunión de cabales». Se refirió a Curro y Rafael como dos leyendas humanas. Cedió la palabra a Jesús que comentó «el sufrimiento que ha supuesto poder escribir y publicar este texto; han sido cinco años de escribir muchas noches para romper los papeles por la mañana».

En su exposición hubo un lugar para muchos conceptos. Así, la voz y el eco; el arte del toreo, que es la mayor de las artes; se metió en filosofía para mencionar su vertiente apolínea y dionisiaca; de la parte trágica de la Fiesta y de la vida. «Escribo sobre lo que me ciega o me deja mudo, sobre lo que puedo escuchar en silencio».

Luego se metió en los terrenos del duende con reflexiones propias y de otros pensadores. «El duende que viene cuando quiere», dijo con voz de quejío. Pasó revista a toreros desde Lagartijo y Frascuelo a José Tomás. Se paró en Juan y en José. «Belmonte toreó con la fantasía de un niño; Joselito, con la destreza de un hombre». Con el duende entre ceja y ceja, salieron a relucir los sonidos negros de Manuel Torre, para pasar incluso por la opinión de Goethe, aunque el silencio de los presentes se hizo temblor del alma cuando citó a La Piriñaca: «Cuando canto a gusto la boca me sabe a sangre». El punto final lo puso el mismo Jesús: «El duende es una‘puñalá que se le da a todas las mentiras para quedarse a solas con la verdad. El duende es quien se adueña de su creador y no al contrario». Las palmas echaron humo.

Como no podía ser de otra forma habló de Curro, de su cintura y de sus muñecas; de su padre, Rafael, sobre todo de su capote. Así acabó con la voz y el eco, aunque el remate de todo fue el indescriptible concepto del compás.

A la noche le quedaban todavía unos cuantos registros de torerías y diabluras. Rafael de Paula, ya sin la gorrilla, enjaretó una faena de momentos cumbres, posiblemente algo deshilvanada, pero preñada de libertad y desnudez. No hacía falta ni ligar los pases. Habló de Obama, «al que votaría si fuera español»; del Papa Francisco y se enredó al mostrar su admiración por una monja que sale mucho en la televisión. Su alocución se llenó de frases cortas, espacios muertos para tomar aire y tiempo para preguntarle a Alberto, «¿Y tú cómo te llamas?» Todo fue un maravilloso desconcierto en el que no faltaron los carnets de los periodistas, las alusiones a otros toreros de conceptos muy distantes, para definir a las corridas de toros como un acontecimiento, «no como un espectáculo».

Pero había que hablar del libro de Jesús. Alejado de los fantasmas de una noche rondeña, Rafael recomendó su lectura, «porque Jesús escribe muy bien, tiene un sentimiento muy profundo y es un muchacho muy bueno. Ha sufrido mucho, casi me estoy enterando ahora, pero ha valido la pena».

A todo esto, Curro escuchaba atento. «Tienes que hablar, Curro», le dijo el gitano. Curro contestó: «Tú rematas». El remate del gitano del barrio de Santiago fue un profundo y sentido «Dios bendiga al toreo».

Curro Romero habló de Jesús, de su bondad y del cariño que le profesa. Le agradeció «las cosas tan bonitas que has escrito de mi». Poco más comentó el Faraón. Paula saludaba a unos y otros desde la mesa. Alberto García Reyes quiso ponerle algo de orden a lo que no podía tenerlo. Así estábamos cuando apareció Antonio Agujetas, Jerez puro al cante, para entre quejíos, temblores y desgarros, ponerle el broche a una noche de recuerdos imperecederos. Geniales Curro y Paula.

FUENTE:

http://www.elmundo.es/cultura/2017/02/08/589adbd2e5fdeadc658b4659.html

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