«Sonajerito» Cuento Taurino

«Sonajerito» Cuento Taurino

SONAJERITO

                                          A César Rincón y “Sonajero” de Vistahermosa

En su andar, ya hace mucho cansino, aún se intuía el orgullo y la majeza deslumbrante de los antiguos paseíllos color sepia.

Un sempiterno rictus de tristeza velaba siempre su rostro grave, circunspecto y ahora desdentado. De otros tiempos tan sólo quedaban en él lo cenceño, el oscuro color de su piel y el brillo momentáneo de unos ojos garzos, cansados ya de no reconocer a nadie.

Juan de Dios Alcoba Moreno, en otro tiempo llamado “Sonajerito” en su ambiente, pronto iba a alcanzar los ciento dos años de edad. De ellos los veinte últimos en un asilo para ancianos donde únicamente salía los domingos para acercarse a misa de doce en la parroquia de la Misericordia y después ir al Casino a sentarse en un velador con vistas al puerto, bajo la apolillada cabeza de “Rifeño”, negro mulato, marcado con el número veintisiete y el hierro de Veragua, en cuya leyenda se podía leer un texto escrito a mano en pintura blanca: lidiado en tercer lugar el día 7 de mayo de 1916 en la Plaza de la Real Maestranza de Sevilla por el famoso José Gómez “Gallito” que lo mató de superior estocada después de haber realizado una extraordinaria faena por la que le fue concedida una merecida oreja. Fue bravo y poderoso, tomó doce varas matando tres caballos. Ante la petición del público se le dio la vuelta al ruedo entre clamorosa ovación.

De todos los presentes sólo Juan de Dios estuvo presente aquel día, mucho más presente que nadie, pues aquel día debutó como banderillero a las órdenes de Joselito estrenando un terno gris perla y plata cargado de luz.

Multitud de vejes juan de Dios había recordado en la tertulia, la vieja tertulia de tantos años que en aquél su debut, nervioso y preocupado, había decidido asegurarse, presentándose en la plaza unas dos horas antes que nadie. El tiempo se le hizo eterno, sudó como nadie había sudad nunca pues además era un día de esos sin aire, de un calor “africano”.

En el patio de caballos tan solo había sombra bajo un pequeño emparrado en el que zumbaban las avispas excitadas por el dulzor de las uvas moscatel y la fresca humedad de la pila del abrevadero también cercana.

El vestido empezó a empaparse y bien sea por esto o por el refulgir de su plata nueva, las avispas, empezaron a interesarse por aquel ser que intentaba hallar refugio bajo la sombra acogedora de la parra.

Al principio “Sonajerito” no quiso dar demasiada importancia al molesto zumbido de aquellas avispas apartándolas sin violencia con suaves movimientos de sus manos. Pero, poco a poco, las avispas se fueron mostrando más y más insistentes.

“Sonajerito” blandía ahora con firmeza cada vez menos contenida sus brazos, bien con la montera en la diestra o con el capotillo de paseo de humildes galones en la zurda.

De repente, uno de aquellos malditos insectos aguijoneó a Juan de Dios en el dorso de la mano derecha, otro en el cuello y un tercero en el lóbulo de la oreja izquierda, aún otro todavía le alcanzó el párpado del ojo del mismo lado.

Juan de Dios sintió el agudo y doloroso escozor del veneno en todos y cada uno de los puntos dañados y sin esperar más salió corriendo al sol, donde las avispas lo dejaron en paz, al otro lado del patio, olvidándole para volver a dedicar nuevamente su atención a los racimos y al verdín de la pila.

El dolor era tan intenso que creyó perder el conocimiento y hubiera caído al suelo de no ser por el conserje que llegó a tiempo de sujetarlo.

A duras penas lo acercó hasta la puerta de su casa, allí lo sentó, llamando a voces a su mujer para que le trajera un botijo con el que refrescar al torero vertiéndole agua fresca por la nuca hasta que Juan de Dios empezó a sentirse un poco mejor, tomando consciencia a pesar del insufrible dolor.

Como si fuera en sueños, vio salir y volver a entrar al hombre que ahora se le acercaba amasando arcilla en la palma de sus manos. –“orín, orín y barro, ese remedio nunca falla, hará salir los aguijones y te bajará la hinchazón. Pronto te sentirás mejor muchacho, ¡vaya tela! ¡vaya tela!”

Juan de Dios se dejó hacer aún no estaba despejado del todo y el emplasto parecía ir haciendo un benéfico efecto.

–“Espera unos minutos, descansa y echa la cabeza hacia abajo” – creía oír en sueño. Mientras al pasar del tiempo, el patio se había ido llenado de gente; los curiosos, los aficionados, parte del personal de la plaza, vendedores de almohadillas, de fruta, aguadores que voceaban todas sus mercancías aún sin mucho empeño. Algún picador ya preparaba los jamelgos y domaba su vara.

El conserje salió y al rato volvió con el compadre Antonio, — Ozú, pero compare, ¿qué te ha pasao? Pero si estas más jinchao que las botas de vino del tío Juan. ¡Mira que mano, y esa oreja y ese ojo, pero si no lo puedes ni abrir! ¡Compare asín no pues toreá, si José te ve no te dejará!

–¿Qué no me dejará toreá? ¡Eso lo vamo a ve¡ To esto pa na, de eso nasti. Yo toreo aun que tenga que jacerlo a rastra.—Dijo en un dolor Juan de Dios ofendido.

Entra en el patio Juan Belmonte, corinto y oro, moreno, más bien bajo, simpático y risueño se deja saludar abriéndose paso con su cuadrilla hasta la capilla.

Unos minutos más tarde llega Rafael, purísima y azabache, con capote al hombro y la montera puesta, saluda brevemente a los porteros y a algún que otro aficionado para, al iguel que Juan, entrar descubriéndose en la capilla seguido de su cuadrilla.

Ahora se oye el ensayo de alguno de los miembros de la banda, acordes de “Pan y Toros”, “El gato montés” y otros se abren paso entre las voces de los vendedores que pregonan, ya de firme, la excelencia de sus mercancías de los  dimes y diretes del gentío ya expectante ante el acontecimiento de la tarde, del relincho del caballo entero del alguacilillo excitado por la cercanía de las mulillas y, en suma, un sinfín de voces y sonidos de toda procedencia.

Por fín llegó José, grana y oro, atlético, sonriente y tranquilo, saluda al empresario y a los miembros de las otras cuadrillas que habían salido ya del interior de la capilla.

Al salir, el compadre Antonio, se acercó a él y susurrándole algo al oído hizo que José se apartara del grupo y le siguiera hasta la casa del portero.

Juan de Dios permanecía sentado y para mirar con el ojo sano tenía que girar su cabeza dolorosamente, pues el picotazo del cuello también estaba hinchado y había hecho necesario aflojar el corbatín y abrir un par de botones de la camisa.

La luz que procedía del patio se filtraba por una cortinilla de cañizo que impedía la entrada de los mosquitos en verano. De repente, la penumbra de la habitación se inundó de luz al apartar José la cortina con suavidad para entrar en aquella humilde habitación.

–¿Cómo estás muchacho?

–¡ Bién Maéstro! Deseando jasé el paso con usté.

–Bueno, bueno. ¿Pero te has visto la cara? ¿Y esa mano? ¡Tú así no puedes torear, apenas puedes cerrar el puño y coger el capote !

Juan de Dios, con agilidad impensada se puso en pie y cogiendo su capote de paseo lo agarró tensando todos los dedos.

–¡ Qué no, qué no Maestro, que estoy fenómeno, mire, mire ¡

–Bueno pero las banderillas son otra cosa.

–También puedo Maestro, ¡ también puedo ¡ No lo dude Maestro, por lo que mas quiera no me deje usté aquí tirao.

Habló entonces el compadre Antonio: –Maestro, no le aga usted caso, el compadre no pue toreá asín. Casi no pue moversi y aunque quiera por que es su debú, esta jecho un ese bomo, no pue naíta naíta.

–¡ Tú te callas ¡ No le jaga usté caso, yo toreo hoy como que me llamo Juan de Dios y le juro por éstas (se llevó la mano derecha a la boca retirándola rápidamente). ¡ que se lo juro Maestro ¡

–Bueno, bueno, menos jurar, ¿estás seguro que puedes? Mira que ahí fuera no se puede hacer el ridículo y que un hombre que no esté bien, es un hombre que no ayuda a los demás, que no sirve,¡ y eso no puede ser ¡

–No tenga cuidao maestro, yo puedo toreá, no voy a jasé el ridículo, descuide usté, no le voy a fallá.

–Bien, voy a la capilla, estáte aquí; si cuando vuelva sigues diciendo que puedes torear, torearás, pero, ¡ ay, de ti si pegas el petardo o no estas pendiente de los compañeros ¡ ! Te aseguro que será la última vez que lo hagas en mi cuadrilla ¡ ¿Está claro?

–Como el agua Maestro, descuide usté, no le fallaré.

José salió de la habitación volviendo la penumbra, quedando solos juan de Dios, el compadre Antonio y la mujer del conserje.

–¡ Pero tú estás grillao, si no puedes cerrá la mano, tu ojo está más morado que una breva y por lo jincháo te sale más que las napias, que mira tú que ya son cosa!—Dijo Antonio.

Compare , como le vuelvas a disir naíta al maestro te voy a dar dos gofetás que te va jaser farta mundo pa’dar vueltas, ¿diquetas o no diquetas?

La mujer los miraba y sólo movía silenciosamente la cabeza, sin dejar de mirar con la mano en la boca y los ojos muy abiertos a Juan de Dios con infinita misericordia.

El tiempo fue pasando lentamente, a Juan de Dios se le antojaban siglos.

De repente la estancia se iluminó otra vez y José apartando la cortinilla se dirigió a Juan de Dios. –¿Estás listo “ Sonajerito?

–¡Sí Maestro!

Ahora en el patio de caballos no había casi nadie, tan solo los porteros, vigilantes en la puerta a la espera del indispensable rezagado y al quite de los sempiternos gorrones que se dicen parientes o amigos de no se sabe quién. Lo de siempre.

José delante, volviéndose un par de veces a su maltrecho peón y “Sonajerito” detrás, pensando para sí en su negra suerte – “¡ vaya debú, me cago en la puta de oros y en la madre que la parió, vaya debú ¡”

Los otros toreros, matadores y cuadrillas, esperaban nerviosos, pensando cada cual en lo suyo. Al ver pasar a Juan de Dios detrás de José, quien más y quien menos abrió los ojos y la boca en indisimulado asombro aunque a algunos ya les había llegado la noticia de lo ocurrido.

Juan de Dios hizo caso omiso, aguantando estoicamente su dolor y pensando únicamente en no faltar a la palabra dada al maestro.

Alguien le ayudó a liarse el capote, escudo de tantos aguijones y, para asombro de todos, sobre la extraordinaria hinchazón caló a fondo la montera sin un asomo de dolor, si acaso, si, de rabia contenida.

Alegre la música rompió a sonar “El gato montés” y la ovación únicamente acalló todos los pensamientos menos el de la búsqueda de gloria en aquellos hombres de andar absorto y marcial.

Nadie tenía ojos para aquella maltrecha figura confundida entre las de los demás toreros, tan sólo los tres de adelante merecían los comentarios.

–¡Es más alto y guapo de lo que decís! Decía una moza a sus amigas que burlonas y sabiendo de la pasión de aquella por Gallito le tiraban de la lengua.

–¡Rafaé, a ver si hoy te arrimas, ten menos jindama! –rompió el tendido de sol una seca y desagradable voz llena de guasa.

Rafael ni le oyó.

–Lo que no me explico es que un tío tan feo y mal hecho como ese tenga la desfachatez de competir con el arte sublime de Rafael y la sabiduría y la ciencia de José, el rey de los toreros.

–¡Será chuflón! ¡Ya veréis que poco dura, os lo digo yo, como ya lo dijo “El Guerra” “Vedlo de prisa”. Se admiten apuestas.

–De esto del toro, como de todo, nunca se sabe nada, –contestaron en silencio las prudentes piedras del tendido.

Poco a poco, roto ya el paseo, todos fueron cogiendo su sitio, tras cambiar la seda por el percal.

Los espectadores más próximos empezaron, ahora sí,  a distinguir la deforme anatomía de Juan de Dios. Algunos burlones lo señalaban incluso con un dedo, diciendo los más osados alguna estupidez ajena al pequeño drama.

“Sonajerito”, absorto en sus dolores y la responsabilidad de su promesa, intervino en el primer quite a un apurado compañero, fue eficaz y oportuno y el público le dedicó algunos aplausos.

Aquello le supo a gloria y hasta José sonriente le guiñó un ojo.

Uno tras otro, clarines y timbales fueron anunciando los diferentes actos del siempre vibrante espectáculo.

Ahora anunciaron el comienzo de la lidia del tercer toro. “Rifeño”, numero veintisiete, negro mulato de capa, serio, alto de agujas, de cuatro años y cinco hierbas, cuatrocientos ochenta y nueve quilos bien diseminados. Salió abanto en la loca carrera arremetiendo contra todos y cada uno de los burladeros desde donde era llamado.

El peón de confianza de José se hizo presente en la arena y “Rifeño” se vino pronto. El experto torero embarcó por tres veces la descompuesta embestida, y en la que hizo cuarta, “Rifeño” le arrancó el capote de las manos siendo éste rápidamente reducido a un guiñapo de tela destrozada, deshilachada como por devanera durante un tiempo, que para el torero, fue el más precioso de los regalos.

José saltó entonces y “Rifeño” se fue pronto a por él, José lo esperó tranquilo y doblándose con él hizo uso de toda su dominante sabiduría hasta que “Rifeño”, desconfiado, hizo caso al toque de un banderillero desde el burladero, lo que permitió a José recuperar su posición.

Clarines y timbales nuevamente cambiaron el tercio, llamando ahora a los picadores, que con las reservas que imponía la presencia de “Rifeño” tomaron sus posiciones en el ruedo. No tuvo que insistir José, pues “Rifeño” acometió una y otra vez con saña, tomando doce varas, propiciando ocho caídas y matando tres caballos de los que solo uno llegó a morir cerca del desolladero en el patio de arrastre.

Nueva llamada y se presentan los de a pie con las banderillas.

Juan de Dios de tercero solo le pondrá un par tras el primero del peón de confianza quien lo prende al cuarteo saliendo algo achuchado. Le tocó ahora a Juan de Dios que lento y con el poco garbo que le permitía su hinchada anatomía, levantó los brazos y citó a “Rifeño” con voz fuerte y segura que escuchó toda la plaza.

“Rifeño” lo miró primero con indiferencia para luego moverse con creciente interés en un trote decidido y al final en un firme galope, hacia donde estaba citando el torero que avanzaba hacia él. Juan de Dios, motivado con la promesa dada a José y con la segura atención de todos, avanzó al encuentro abriendo de vez en vez los brazos calibrando en su movimiento el exacto punto de encuentro. Al llegar a su altura, en un ágil movimiento de cuarteo rápido y seguro, sacó de abajo a arriba los brazos clavando en lo alto, bien asomando al balcón de “Rifeño”.

Por un momento las miradas de los dos se mantuvieron en el aire como congeladas.

Juan de Dios entonces se elevó de manera vertiginosa sin tener relación con el suelo ni el cielo. El grito del público, para él apenas audible, acompañó su viaje, parado en el aire por un derrote seco que, haciéndole girar veloz sobre sí mismo, le hizo quedar clavado en el suelo entre el polvo y las pezuñas de “Rifeño”.

“Sonajerito” ya no estaba allí, su conciencia estaba perdida y ya no vio ni sintió nada de lo que ahí sucedió después.

“Rifeño” lo fue revolcando de los medios al tercio con tan incontenibles derrotes que ni los capotes ni el coleo, que valientemente realizó Belmonte, pudieron hacer nada por salvar aquel cuerpo desmadejado que estaba tan próximo y tan lejano a la vez.

El toro intentaba herir con renovada saña en cada envite, pero el cuerpo de Juan de Dios, inerme, se escabullía, se salía suelto ante la desesperación del animal que al final, cansado por el enésimo intento, se giró en busca de aquel que tanto le importunaba tirando de atrás.

Tres vueltas sobre sí mismo y nada, imposible, aquel se escondía detrás de él mismo, haciendo inútil siempre el esfuerzo del desengañado cornúpeta.

Mientras esto distrae a “Rifeño” una rápida barahúnda de toreros y personal de plaza se hace con el laxo cuerpo del torero dejando sobre el ruedo nada, tan solo algún jirón de seda gris, una montera pisada, uno o dos caireles e infinidad de luminosas lentejuelas de plata que se perdían en el rastro que lleva del ruedo al callejón y de ahí a la sala de curas, como vivos testigos de la tragedia.

Tras la berrera, en el callejón, un tropel de hombres llevaban el cuerpo de Juan de Dios, cuya mente, soñando glorias, se encontraba en el limbo, mientras en su piel, algún desollón, muchas magulladuras, afortunadamente ninguna herida, pero eso sí, un fuerte golpe en la cabeza del que parecía no volver en sí…

El doctor pidió que lo extendieran en la camilla sin la chaquetilla ni el chaleco, volviendo al redondel todos los toreros menos el compadre Antonio que, a duras penas, podía contener las gruesas lágrimas, que de vez en vez, se secaba con el rudo dorso de la mano.

El tiempo pasó, Juan de Dios tardó mucho en recordar. Tras tres años en los que familiares y amigos le acompañaron con cariño hasta el banco de los jardines a la búsqueda del sol o a la sombra de los naranjos, con su aroma y frescor.

Tres años, tres interminables años que un buen día acabaron al despertar de la mente con la consciencia de los seres queridos: ¿Madre? ¿Madre? ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?

Se le contó su historia, su tragedia, el dolor, el tiempo perdido.

Poco a poco volvió a andar, primero con leves paseos hasta los jardines de la catedral, a su banco de siempre y luego espaciando los paseos hasta llegar a las largas caminatas por el campo hasta la Venta de Antequera a ver los cerrados con los toros.

Su compadre Antonio siguió de ayuda en las cuadrillas de varios diestros de diferente fama.

Joselito, su idolatrado maestro, hacía un año que había sucumbido en Talavera de la Reina ante “Bailador”, de la Sra. Viuda de Ortega, encumbrándose aún más en la leyenda y quedando reflejada por Benlliure su eterna juventud, ahora dormida, en el mármol sobre el bronce en Sevilla, en su Sevilla perpleja y triste ante el destino del mejor y más grande torero que en ella había nacido.

Juan de Dios olvidó su afán taurino y poco a poco, trabajando, se fue haciendo sitio en otros mundos, también difíciles, pero más seguros. Mientras el tiempo seguía inexorable su paso de año en año, década a década.

Una tarde, al parar a la hora del almuerzo entró en un “colmao” por la hora tranquilo y en penumbras. Esa mañana le acompañaba su compadre, y después de saciar la sed con un poco de manzanilla y su hambre con algo de pan y queso, se disponían a marchar cuando al retirarse mirando al fondo de uno de los oscuros cuartos en su penumbra distinguieron una mancha oscura, una mancha fácilmente reconocible por su recortada anatomía. Una negra y astifina cabeza de toro que inmóvil y fija lo miraba todo desde hacía más de treinta años.

Juan de Dios pidió al dueño de la taberna un poco de luz para poder verla con más detalle.

Juan de Dios y Antonio se quedaron pálidos, la leyenda en ella escrita reflejaba la historia, pero ellos sabían bien la otra parte, la desconocida para el resto salvo para ellos “tres”, que se reencontraban en aquel duro momento después de treinta años.

“Rifeño” tenía la misma mirada dura, casi acerada, que Juan de Dios había grabado en algún rincón profundo de su memoria y su alma.

Por un momento las sensaciones de aquella tarde reaparecieron una tras otra, los aguijones de las avispas, el dolor, el miedo, aquel herido orgullo, la preocupación de no defraudar la confianza del maestro, sus palabras, todo, todo reapareció de tal manera que “Sonajerito”, pues Juan de Dios volvía ser aquel torero, se tuvo que agarrar pálido a su compadre para no caerse. Entre Antonio y el tabernero le sentaron en una silla.

–¡Será hijo de puta!  ¡Aquí está el muy cabrón!  –Dijo Antonio en voz alta mientras lo sentaba junto al asombrado mesonero que no se explicaba nada de todo aquello.

Pasaron unos minutos, el silencio era sobrecogedor y los rostros de aquellos dos hombres miraban imantados aquella oscura mirada en un diálogo íntimo y mudo, solo para iniciados.

–¿En cuánto me la vende?  –Dijo Juan de Dios bruscamente con una voz ahogada y torpe.

–¿Estás loco, cómo se te ocurre, después de todo lo que este hijo de puta te “jizo”?  Lo que hay que “jacer” es quemarlo, quemarlo cuanto antes y que desaparezca su mala sangre por siempre “jamá”…

¡Tabernero!  ¿Dónde hay yesca?  ¡que este cabrón no dura un día más!

–¡Calla! Él no hizo más que lo que tenía que hacer, su obligación era cogerme, ¿todavía no te has enterao?

El mesonero, aún sin comprender del todo, pero adivinando una antigua relación entre aquellos hombres y la apolillada cabeza respondió:

–No sé qué es lo que esta cabeza de toro es para ustedes, pero por lo que he podido ver, creo que es más suya que mía, puede usted venir a llevársela cuando quiera – dijo señalando a Juan de Dios.

Desde entonces, “Rifeño” está colocado sobre el velador en el que Juan de Dios ha ido envejeciendo, semana a semana, teniendo presente aquella tarde de gloria imposible de la que ya tan solo él falta. Todos los demás, José el primero, después Rafael, más tarde Juan, el resto de toreros, el público, el fiel Antonio ¡todos!  ¡Ya no están!  No queda nadie.

Bueno, estar si están, están en algún sitio de luz, vestidos con sus refulgentes e inmaculados ternos en el portón que separa la luz de la penumbra.

Ahora se oye ese clamor, esa lejana música que arranca de fondo interpretando “El gato montés”, esas voces y esa oscuridad que hoy a veinte de Diciembre de 1999 se abren suavemente tras la humilde cortina de cañizo para dejar pasar a José, que le vuelve a decir otra vez al compañero:

–¿Estás listo Juan de Dios?

Fuente: 14 taurigrafías 14 / Pablo Lozano Perea / Modus Operandi Arte y Producción S.L., Madrid, 2016

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