HISTORIA DE UN CARTEL

HISTORIA DE UN CARTEL

POR: Carlos Horacio Reyes Ibarra

Confesión de Fermín Espinosa “Armillita”: “Como espectador sólo había pedido las orejas dos veces, la primera en El Toreo de México para Manuel Jiménez “Chicuelo” después de su faena al toro “Dentista”, y la otra al mismo “Chicuelo”, en la plaza de Madrid, después de la faena más grande y más completa que yo he visto, pues desde que el toro que, se llamó “Corchaíto”, salió de los chiqueros, hasta que lo arrastraron, es la lidia mejor y más artística que se le ha hecho a un toro… en una palabra, la faena perfecta. Hasta hoy, que he visto torear a El Ranchero al octavo toro, no me había entusiasmado con faena de ningún torero como me entusiasmé con ésta. Ha toreado a placer, sobre todo con la izquierda ligó varias series de naturales rematadas con el de pecho extraordinarias; el ruedo se llenó de sombreros con el entusiasmo, pero donde yo boté sin darme cuenta de mi asiento fue en la última tanda que dio, cuatro naturales y uno de pecho verdaderamente grandiosos. Mejor no se puede torear; con más temple, con más arte y con más torerismo, imposible. Ha demostrado El Ranchero que tiene en la mano izquierda lo suficiente para ser un mandón del toreo.” (ESTO, 11 de noviembre de 1952)

Si Jorge Aguilar no fue lo que se dice un mandón absoluto, sí se erigió triunfador máximo de una de las temporadas capitalinas mejor armadas durante la larga gestión de Alfonso Gaona al frente de la Plaza México. Como ninguna feria española o sudamericana se atrevió nunca a hacer, en ese invierno mexicano reunió un elenco extraordinario, lo mejor de la torería de ambos continentes, desde Silverio Pérez, Carlos Arruza y Luis Miguel Dominguín Dominguín hasta Manolo dos Santos y César Girón. Constó de veinte corridas en las que se cortaron 34 orejas y cuatro rabos, pero la faena cumbre llegó apenas en el segundo festejo, al que la gente acudió en tropel luego que el de inauguración, siete días antes, había revelado el ímpetu de dos jóvenes toreros mexicanos, anunciados al lado de una figura española, Manolo González, que en el invierno anterior dejara en Insurgentes muy alto su cartel. Esta vez, sin embargo, el sevillano no se mostró a igual nivel pese a cortar una oreja; en cambio, Manuel Capetillo bordó un faenón memorable con “Fistol”, el quinto de una bravísima corrida de Zotoluca, y Jorge Aguilar, el modesto de la terna, sorprendió al cortarles una oreja a “Dinamito” y dos al cierraplaza “Fundador” para salir en hombros al lado de Capetillo, de los tres Mosqueteros del 48 el que más tiempo tardó en cuajar. Pero cuando lo hizo fue para colocarse en un sitio envidiable.

Gran ambiente y logros escasos. Así las cosas, para la segunda corrida de la temporada Gaona urdió una combinación de cuatro toreros y ocho toros, cuatro de San Mateo y cuatro de La Laguna. Repetían los triunfadores González y Aguilar y se presentaban el portugués Dos Santos y Juanito Silveti, cachorro del Meco y reciente triunfador de Madrid con los del Conde la Corte en la famosa corrida del Montepío de Toreros (12.10.52).

A Manolo González, más inseguro y movido que el año anterior, le protestaron la oreja del sanmateíno “Pasajero”, segundo suyo, tras un trasteo más efectista que profundo. Y peor lo pasó Dos Santos, perdido en el zarzal de varias cornadas graves el sitio que alguna vez tuvo: si apuntó su toreo de reposada finura con “Azucarillo” de San Mateo y hasta lo llamaron a dar la vuelta al ruedo, mucho decepcionó su impotencia ante el espléndido “Urraco”, un lagunero de clase superior a cuya altura jamás consiguió ponerse.

Quedaba la tarde en manos de dos jóvenes mexicanos doctorados en el mismo ruedo de Insurgentes, primero Silveti (15.01.50) y al año siguiente Aguilar (28.01.51). Juanito veroniqueó superiormente al primero que le soltaron –“Motorista” de La Laguna–, un burel suavote pero que llegó apurado de facultades a la muleta; de cualquier manera, el capitalino, nervioso por la cálida bienvenida que el público le había dispensado luego de dos temporadas ausente, no consiguió asentarse con él: de cualquier manera, en la vuelta al ruedo se hizo acompañar de su padre, con puro y mechón el viejo. Más tarde andaría desconfiado y torpe con “Brujito”, de don Antonio Llaguno, cuyo buen pitón izquierdo le pasó de noche.

Quedaba, como depositario de las esperanzas de disfrutar de una buena tarde, el recio “Ranchero” tlaxcalteca, triunfador de la corrida anterior. Pero de entrada se desdibujó completamente ante su primero. De modo que cuando los clarines anunciaron la salida del último de la larga y tediosa corrida, el sentir dominante estaba más cerca de la resignación que del entusiasmo inicial. Sobre la pizarra del toril, ya en sombras, estaba escrito un nombre –“Montero”—y un peso –475 kilos–. El famoso “Montero” de San Mateo. El de la faena que haría botar en el tendido al ilustre Maestro de Saltillo.

Así lo vio El Tío CarlosJorge Aguilar se ha consagrado como un apasionado y apasionante artista del toreo mexicano y como un nuevo maestro de la mano izquierda… al lado de todas las faenas inmarcesibles que por naturales se hayan cuajado en el ruedo de la Plaza México, ésta de Jorge Aguilar ha conquistado un puesto de igual rango a los naturales de Armillita a “Nacarillo” de Piedras Negras, a los naturales de Manolete a “Manzanito” de Pastejé, porque tal es el sitial de los veinte naturales de Jorge Aguilar a “Montero” de San Mateo. Y mientras exista memoria en el arte de torear, las lenguas de fuego de esta faena tlaxcalteca seguirán lamiendo los muros del imborrable recuerdo…

Tosco, le dijeron el día de su presentación. ¡Pues que vivan hoy y siempre los toreros toscos porque su corazón encierra las más exquisitas esencias del arte…! Tosca es la encina en cuyo torno mueren todas las enredaderas, tosco es el hierro, y en el fuego se vuelve rosa y arabesco; tosca a es la cera y el calor la transforma en la gracia transparente de la miel, tosca es la plata en las vetas de la tierra madre y sin embargo en ella está la materia prima de delicados artificios. Atributo del toreo tosco que nunca podrá tener el toreo bonito es su capacidad de transfiguración… esa imponente belleza de tempestad en que se acrece la figura ruda es patrimonio de Jorge Aguilar, que no es ningún adonis…  Y como esa transfiguración se cumple en el centro de un ruedo, ante la embestida de una fiera y bajo las miradas de una muchedumbre; como es fruto de una magia interior y milagro de un sentimiento, el torero tosco poseedor del don del arte será siempre más genuino y más perdurable. Pues lo que vale en él no es la epidermis sino la llama del espíritu.” (El Universal, 10 de noviembre de 1952).

Así lo sintió Juan Pellicer. “Desde ayer y para siempre el nombre de Jorge Aguilar será recordado como el de uno de los autores concepcionales del toreo. La belleza llevada al colmo. La clásica realización del arte de torear, valedera en cualquier época y en cualquier lugar, brotó ayer de la muleta de este torero, que al encumbrarse ha encumbrado a la tauromaquia mexicana. El grito formidable ¡Torero! ¡Torero! saludó la hazaña histórica, y esas voces iban cargadas de la emoción con que se sitúa, haciéndolo imperecedero, un hecho magno.” (La Prensa, ídem).

Así lo calificó Alfonso de Icaza “Ojo”. “Después del raro y emotivo pase cambiado vinieron unos magníficos pases naturales, rematados con el pase de pecho para volver a empezar en la misma forma … ¿Qué cuántos fueron los naturales de maravilla con que nos obsequió Aguilar? ¡Cualquiera los cuenta en esos momentos de locura colectiva! Pero sepa el lector que no haya presenciado tamaña cátedra taurina que ligó muchos, dos docenas quizás, todos en un palmo de terreno y tan bueno el primero como el último… en una de las sinfonías por naturales más extensas y mejor ejecutadas que hayamos visto en nuestra vida.” (El Redondel, 9 de noviembre de 1952).

Y así lo describió “Josene”. “Pocas veces se torea como en este trasteo, cumbre de principio a fin. Desde aquella dosantina que encendió el ambiente adormecido de la plaza hasta el relámpago de la arrucina final, pasando por cada uno de los veintitantos naturales de tan enorme faena. Tras la dosantina se abrió la amplitud generosa de tres soberbios naturales. Y el relámpago inicial dio paso a una tormenta de ovaciones. Luego otra dosantina y cinco naturales inenarrables, lentos, templados, largos a toda la extensión del brazo poderoso y suave, y como remate un estupendísimo pase de pecho izquierdista. La plaza era un manicomio… Otros cuatro naturales, aún más grandes si esto fuera posible, y otro de pecho con la zurda. Los tendidos rugían. Y todavía más naturales: uno, dos, tres, hasta seis, perfectamente ligados, cada uno iniciado en el punto mismo donde terminaba el anterior, cada uno curvándose tersamente para entregar al siguiente el rendido homenaje de las astas vencidas, prendidas a la muleta genial. Cuando esta serie interminable fue rubricada con el pase de pecho colosal, la plaza trepidaba con un solo clamor: ¡Torero, Torero! … Dio Aguilar un pinchazo, bordó un doblón de oro, otro más, un rotundo firmazo, una preciosa arrucina y, como remate, la flor roja de la estocada final. Y alzado en hombros, levantó en sus manos victoriosas las orejas y el rabo de “Montero”. (El Universal Gráfico, ídem).          A lo que Josene vio como dosantina –cambiado por la espalda prendiendo la embestida en redondo para rematarla como pase de pecho, lance bello y meritorio sin duda– pronto se le denominaría ranchera, atendiendo a la innovación de Jorge Aguilar al prolongar en curva el remate para generar el primero de una tanda de naturales, previo cambio de la muleta de la mano derecha a la zurda sin solución de continuidad. Una belleza de pase. Como bella, conmocionante y arrebatadora debió ser la faena por naturales de Jorge a “Montero”, a tono con los hermosos y muy ilustrativos textos que inspiró. 

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